miércoles, 29 de octubre de 2014

CULTURA DE LA CORRUPCIÓN

Una visión de las causas de la corrupción desde una perspectiva cultural


            Asistimos perplejos durante estos días a la aparición de innumerables casos de corrupción política en nuestro país. Esta perplejidad nos lleva a la indignación y a muchos también nos lleva a preguntarnos por qué ha sucedido y sucede todo esto.
            Oigo y veo en algunos medios de comunicación, en tertulias y secciones de opinión, algunas reflexiones sobre ese por qué: hemos perdido el sentido de lo público, ese sentido que nos hace pensar que hay cosas que son de todos y entre todos debemos cuidarlas ; hemos perdido el verdadero sentido de los partidos políticos que se les dio en la Transición como articuladores de la vida social llegando a ser verdaderas maquinarias de control absoluto de las administraciones públicas y de  nuestras vidas sin dejar un ápice de terreno público para la libre expresión de los ciudadanos… etc.
            Estoy de acuerdo con todos esos planteamientos, pero a mí me gustaría ahondar un poquito más y llegar a explicar por qué los ciudadanos no tenemos conciencia de lo público y por qué los partidos políticos han llegado a convertirse en maquinarias de control más que en instrumentos articuladores.
            Como es natural, y siendo una persona que trabaja en el ámbito de la Cultura, yo voy a intentar ofrecer mi opinión desde ese terreno, no sin antes advertir de que no quiero ser simplista y categorizar que la causa sea única y exclusivamente la que voy a relatar.
            Ya he dicho en algunas ocasiones, en este y otros medios, que la Cultura es aquello que nos define y nos identifica. Cultura es aquello que somos, ahí incluimos todo: lengua, costumbres, religión, tradiciones, pero también valores, formas de pensar y aptitudes ante la vida. Y la Cultura, pensada como industria, tiene unos productos: Literatura, Teatro, Pintura, Música… es decir, el Arte en general, porque como también he dicho ya alguna vez, el Arte viene a ser la máxima expresión de la Cultura, el que marca la tendencia o lo ideal hacia donde deberíamos dirigirnos.
            Pues bien, en los últimos tiempos se nos ha invadido con una Cultura del espectáculo, muy bien descrita por Mario Vargas Llosa en su libro “La Civilización del Espectáculo”, una “cultura” y un “Arte” absolutamente vacios, sin nada de contenido y que no llevaba a ningún tipo de reflexión ni suponía ningún esfuerzo por parte del consumidor. Pero ha sido, y sigue siendo, tal el bombardeo que hemos sufrido que en una gran parte de la sociedad se ha admitido esta “Cultura” como la única válida, la que está de moda, la “cool”, la que se lleva, rechazando cualquier intento de una Cultura que supusiese un mínimo esfuerzo o reflexión. Derivado de esto se ha venido a instalar en muchas formas de pensar que esa otra Cultura (la que lleva un contenido) es inútil, porque no aporta un beneficio material, económico, y cito también el libro de Nuccio Ordine “La utilidad de lo inútil”.
            Gran culpa de esto la han tenido y la tienen ciertos medios de comunicación que han instalado en sus programaciones de máxima audiencia programas en los que esa “Cultura” fácil, vacía, de éxito y enriquecimiento rápido, del mínimo esfuerzo, estaba al orden del día, calando en la sociedad, sobre todo en jóvenes, unos valores de que con poco esfuerzo, con un golpe de suerte, puedes llegar a ser famoso, incluso millonario.
            Y todo esto, lamentablemente y aunque no queramos, tiene su repercusión en la sociedad. Porque, yo me pregunto, cuántos de todos estos políticos que ahora aparecen encausados en masa habrán tenido un mínimo acercamiento a la Literatura, al Teatro, a la Música…, muy pocos seguro.

            Igual que se nos crean necesidades para tener el último modelo de iphone podríamos crear necesidades para el consumo de una Cultura con contenido, que nos aporte, que nos haga crecer y nos haga ser mejores personas, porque todo eso también es beneficio, aunque algunos hayan pensado y piensen que es algo inútil.

Juan José Alfaro Olmedilla